Este es un relato que escribí en el curso de escritura Piratas de Tinta, a cargo de Iria G. Parente y Alba Quintas. Formaba parte de un ejercicio en el que nos daban tres palabras (el título) y teníamos que construir una historia a partir de ellas. Lo he adecentado un poco y he decidido publicarlo aquí, espero que os guste:
Le llamaban el Gato, y hasta su desgracia había sido el brujo más importante del reino. Su fama había sido legendaria, le habían llamado de todas partes, solo su presencia había bastado para que toda conversación enmudeciera... Pero todo parecía ya demasiado lejano. Siempre había valorado la sinceridad, era lo que diferenciaba a los buenos brujos de los simples aduladores y charlatanes, y fue eso lo que le llevó a la desgracia.
Le llamaban el Gato, y hasta su desgracia había sido el brujo más importante del reino. Su fama había sido legendaria, le habían llamado de todas partes, solo su presencia había bastado para que toda conversación enmudeciera... Pero todo parecía ya demasiado lejano. Siempre había valorado la sinceridad, era lo que diferenciaba a los buenos brujos de los simples aduladores y charlatanes, y fue eso lo que le llevó a la desgracia.
Fue
llamado por el Rey. Un prestigio inmenso, un gran salto en su
carrera... sí, hasta el mismo fondo del abismo. Predijo la caída
del reino, la invasión de los bárbaros, la muerte del monarca y su
descendencia. Podría haberlo hecho cualquiera, la podredumbre y la
decadencia se veían con claridad por todas partes, pero por ser él
le valió la sentencia de muerte. Y no cualquiera, la capital:
quemado vivo.
En
ese momento, huía por las calles de la ciudad tan rápido como se
lo permitían su túnica y su pesada capa, el maldito atuendo de los
de su profesión. Con su mirada felina, que le había valido el
sobrenombre, oteaba continuamente el horizonte y echaba continuos
vistazos a su espalda buscando a sus perseguidores. No los veía,
pero sabía perfectamente que estaban ahí. Tenía que salir del
laberinto de calles, donde era una presa fácil, y solo se le ocurrió
un sitio. El mar, allí estaría a salvo.
Llegó
al puerto sin que nadie le parara, cosa que le alivió y le inquietó
a partes iguales. Tenía varios hechizos mortales preparados, pero le
preocupaba que le cogieran por sorpresa, sin darle tiempo a hacer uso
de ellos. No se quedó quieto mucho tiempo y se alejó rápidamente
de los barcos, hacia la playa. Allí conocía una cueva donde podría
refugiarse un tiempo, al menos, hasta conseguir informar a alguien de
su gremio de su situación y que lo sacaran de ahí. Estaba húmeda y
oscura, se llenaría de agua al subir la marea. Nadie le buscaría
allí, y en ningún momento el agua subiría de la línea del cuello. Odiaba el agua con todas sus fuerzas, pero no tenía otra salida. Se acomodó y comenzó los preparativos para
el hechizo.
No
supo cuánto tiempo estuvo allí. Ese conjuro en concreto no era muy
difícil, pero sus nervios y su respiración agitada le ponían las cosas complicadas. De repente, escuchó pasos que resonaban en los
charcos de la cueva. Una muchacha le miraba con curiosidad. Él le
mostró sus dientes afilados y siseó molesto por la interrupción.
Ella chilló y salió de la cueva dando grandes voces:
– ¡El Gato! ¡El Gato! ¡Aquí está! ¡Lo he encontrado!
– ¡El Gato! ¡El Gato! ¡Aquí está! ¡Lo he encontrado!
Maldijo
su mala suerte mientras los guardias se lo llevaban a unas mazmorras
oscuras y selladas con placas de hierro. No podría usar magia allí,
pero se negaba a resignarse a morir quemado. No era una muerte digna
para el Gato, el que siempre caía de pie.
Cuando
llegó la hora de su ejecución toda la multitud estaba ya reunida en
la plaza de la Catedral. Leyeron a voces sus culpas y cargos, y
llevaron al célebre brujo hacia la enorme pira construida para la
ocasión. Incluso la madera era de la mejor calidad. Seca, para que
sufriera y gritara el máximo tiempo posible. Eso a las masas les
encantaba. Cuando encendieron la pira, el hechicero gritó con todas
sus fuerzas. Tenía una voz muy aguda, que no pegaba a su elegante
figura. Tal imagen de vulnerabilidad sorprendió a todos, y el
público aplaudió extasiado. Nadie prestó atención al hombre de
largos bigotes y mirada felina que se alejaba a paso rápido del
lugar. Tampoco lo asociaron cuando nadie volvió a ver jamás a la chica que lo había delatado.
Mola!
ResponderEliminar¡Gracias!
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